sábado, 1 de febrero de 2014

LO QUE SOSTIENE A SANTORINI

Aquel fue un verano de carreteras por una Grecia sumida en la crisis y la depresión. Presionada por las instituciones europeas y casi sin posibilidades de salir adelante Grecia mostraba el rostro más dramático de su trágico teatro clásico.

Pensando en ese mal momento que estaban pasando decidimos pasar nuestras vacaciones allí compartiendo nuestros recursos con ellos.

Una vez en Atenas, mi mujer y yo alquilamos un coche para recorrer la Grecia continental y visitar los sitios clásicos, los paisajes y disfrutar de la gastronomía. De lo que no disfrutamos fue de las carreteras en sí. Ya había conducido por Grecia en otras ocasiones, pero hacía tiempo. Ahora me encontré con unas carreteras en las que el adelantamiento se hace invadiendo el carril contrario y traspasando la línea continua central, lo que obliga a circular por el arcén de forma casi permanente. La primera vez que vi llegar a un coche de frente por mi carril me desplacé al arcén sorprendido, aunque al poco tiempo me di cuenta de que todo el mundo lo hacía de forma natural. Era casi una necesidad porque de otro modo no se podría adelantar. Enseguida me acostumbré a conducir de ese modo, lo que no dejó de ser un peligro ya que me llegó a parecer divertido.

Hicimos el recorrido por los asentamientos de la Grecia clásica, donde mi mujer, que es historiadora del arte se encontraría en su salsa. Me sorprendió no ver demasiada gente en zonas que están normalmente abarrotadas. Estoy seguro de que la mala imagen de la crisis estaba afectando incluso al turismo, su principal fuente de riqueza. Para nosotros supuso poder pasear por Delfos u Olimpia casi solos.

Un lugar al que me hubiera gusta volver era a las Meteoras, aunque en este viaje no pude visitarlas porque no disponíamos de tiempo suficiente. Meteoras quiere decir en griego Monasterios suspendidos en el aire, ya que están en lo alto de masas rocosas grises talladas por la erosión, a una altura de 600 m. Están localizados en la llanura de Tesalia, en las proximidades de ciudad de Kalamabaca y son Patrimonio de la Humanidad desde 1988.  Cuando las vi por primera vez mi impresión fue de asombro y espero volver a repetir la experiencia, aunque temo que una segunda ocasión defraude el recuerdo.

Tras el periplo por el Peloponeso, de regreso a Atenas, tomamos un avión hacia Creta.



Fig. 1. Entrada a la tumba de Agamenón en Micenas y Delfos vista desde el teatro.

Esta zona del Mediterráneo es la cuna de la civilización occidental. Una de las grandes culturas nacidas en la zona es la minoica, que toma el nombre del rey Minos. Surgió en la isla de Creta hacia el año 2600 A.C. y duró hasta el 1100 A.C. Desde allí se extendió como el aceite por todas las islas del Egeo. Aún se puede ver uno de los ejemplos arquitectónicos más notables de esa cultura, a pesar, o gracias, a la restauración realizada por Arthur Evans, parcialmente inventada y más que dudosa. Se trata del palacio de Cnosos y permite imaginar el potencial de Creta en este periodo histórico. Todos los palacios minoicos de la isla, y su cultura con ellos, habían desaparecido tras la explosión del volcán de Santorini en el 1625 A.C.





Fig. 2. El palacio de Cnosos ya utilizaba la estrategia bioclimática por excelencia en el Mediterráneo: el patio.

Por su parte, la civilización micénica, que es una civilización prehelénica de finales de la Edad del Bronce, toma el nombre de la villa de Micenas, situada en el Peloponeso, en el continente. Esta civilización fue descubierta a finales del siglo XIX por Heinrich Schliemann, que hizo excavaciones en Micenas en 1874. Tuvo una gran expansión, no sólo por el continente sino por todas las islas del mar Egeo, llegando a Creta.

Tras la destrucción de los palacios minoicos, probablemente el palacio de Cnosos se reconstruyó en parte, durante ese periodo, manteniendo la tipología micénica. La civilización micénica prosiguió su expansión, además de hacerlo por Creta, alcanzando otras islas del Egeo como las Cícladas, y por tanto también Santorini.

Posteriormente los dorios, que ya controlaban la Grecia continental, ocuparon Creta en 1100 A.C., tomado el poder e imponiendo su modelo de estado a los descendientes de los minoicos.

Aunque no llegue a ver algunas de las construcciones populares documentadas más antiguas de Creta, en las ciudades y pueblos pude encontrar algunos detalles de interés bioclimático. Concretamente me interesó una tipología de ventanas que puede apreciar en varias poblaciones.

Esta ventana puede ser de origen veneciano. Se debió introducir durante el periodo en el que la isla fue ocupada por el Gran Ducado de Venecia, que duró desde 1212 hasta que el turco Selim II se apoderó de ella en 1570. Aparece ya al lado de la antigua logia veneciana, en los portones de los arsenales venecianos de Canea, que son del siglo XV.

Fig. 3. Uno de los nueve arsenales venecianos en Canea. Fueron construidos entre los siglos XV y XVI y originalmente había los veintitrés. En el situado en el centro se puede ver aún el portón manteniendo la parte superior descubierta.

Se trata de una ventana, ventanal o portón que al cerrarse deja la parte superior desprotegida para que penetre luz y se pueda ventilar el local. Esa tipología de hueco, probablemente industrial, se extendió rápidamente a la arquitectura doméstica.

Las viviendas populares cretenses son muy sencillas, en general de planta rectangular y una sola habitación, con cubierta plana si la zona de la isla dispone de árboles para usar su madera como vigas. Los muros eran de piedra encalada o incluso vista. Donde no se disponía de  madera la cubierta era inclinada con tejas bizantina asentada con mortero.

La kamarospito es una tipología de viviendas donde se aprecian estas ventanas venecianas. Solían ser de cubierta plana, pero en el pueblo de Agía Romeli existen con el techo de teja.






Fig. 4. Ventanas venecianas antiguas y modernas en varias edificaciones de Canea.

Al cabo de unos días cogimos un ferry para desplazarnos a Santorini, nuestro destino final.

Santorini, que lleva el nombre latino de Santa Irene, es una de las islas griegas de las Cicladas. Por ello su clima es mediterráneo no muy extremo, ni en inverno, ni en verano, aunque en esta época se superan los 30 ºC. Sus señas de identidad son una luz deslumbrante, fuertes vientos y carencia de lluvias, lo propio del clima mediterráneo.

Al tratarse de una isla transformada por una erupción volcánica carece de vegetación de gran porte, por lo que no hay madera para la construcción. Es una isla fértil, gracias a la ceniza volcánica, y hay grandes extensiones de viñedos, pero no hay árboles. En cambio, es rica en piedra apta para construir.

La isla era un volcán que tras una erupción en el 1625 A.C. quedó completamente destruida. La caldera se hundió en el mar y subsistió un resto similar a un semi atolón, con unas pequeñas islas dentro de la antigua caldera. Las zonas que no se hundieron quedaron cubiertas por cenizas. En una de esas zonas, al sur, se hallaba la población minoica de Akrotiri, cubierta por 4 m de ceniza volcánica y conservada en perfecto estado hasta hoy en día, en el que la falta de presupuesto para su mantenimiento está acelerando su destrucción. Trescientos años después de la erupción la isla volvió a poblarse con la llegada de los fenicios.




Fig. 5. Los frescos que aparecieron en las paredes de las casas de Akrotiri ayudan a entender a su gente. Los hombres se representaban como jóvenes desnudos con la piel oscura, siempre de perfil. Las mujeres se pintaban con la piel blanca, con adornos en el pelo y con faldas largas con alguna cenefa y una blusa o vestido hasta el codo. También se aprecian las artes de la pesca.

Akrotiri era una ciudad de cultura minoica. En sus paredes se pueden ver pinturas murales que reflejaban la vida de la población, sus ropas, sus herramientas y sus costumbres. Gracias también al buen estado de conservación en el que se encontraron los edificios se pudo conocer cuál era el método de construcción, los materiales utilizados, la estructura y la organización de las habitaciones.

La ciudad se estructuraba de norte a sur, adaptándose al terreno. Contaba con una importante red viaria y un sistema de desagües y red de alcantarillado. Una calle principal llegaba hasta la denominada Plaza Triangular.



Fig. 6. Se pueden ver representados animales, patos, peces, antílopes, gatos salvajes y monos. También plantas típicamente subtropicales, como papiros y palmeras.

Los pozos de cimentación llegaban hasta la roca y se rellenaban con roca volcánica. La fachada debía ser resistente a los movimientos sísmicos frecuentes en la isla, por lo que estaba constituido por armazones de madera de olivo, barro y guijarros. Entre la madera se colocaban adobes. Usar la madera no debía ser ningún problema porque en aquel momento, antes de la gran erupción, la isla estaría cubierta de árboles mediterráneos. En las habitaciones los suelos estaban constituidos por una mezcla de tierra con conchas de pequeños moluscos y una capa de piedras sobre las que se extendían las baldosas de las habitaciones. Las cubiertas eran planas y aterrazadas, propias de la cultura minoica, todo lo contrario a lo que sería la arquitectura posterior a la erupción.

Muchas habitaciones estaban encaladas y muchas veces teñida con colores que iban del rosa al beige. De los techos sólo quedan escasos restos, pero probablemente fueran de ramas y cañas cubiertas de tierra batida dejando aire en su interior, para que se aislara térmicamente del frio del invierno, y encaladas con un color blanco para protegerse de la radiación del verano. Como hoy día en muchos lugares del mediterráneo, sobre las cubiertas de las casas, que  llegaban a tener dos o tres plantas, se acondicionaba una terraza, nunca mejor dicho porque eran de tierra, como un espacio de vida adicional propio del estío.


Fig. 7. En estos frescos se ven los barcos multirremos con los que se relacionaban con otras islas. Pero también se ve en un puerto las viviendas con la gente subidas a sus terrazas.

Por aquella época, Santorini era casi el centro del Mediterráneo, al menos por su trascendencia en la historia. Las siete plagas de Egipto, con toda su influencia en la posterior cultura judeocristiana, pudieron ser causadas por la erupción del volcán que no sólo destruyó la isla sino que tal vez cambio la historia del mundo occidental. Sin que en esas explicaciones haya tenido una plena certificación, todas tienen fundamento científico. La primera de las plagas fue que las aguas se volvieron rojas. La tremenda erupción del volcán pudo provocar terremotos y fracturas que pudieron provocar escapes de dióxido de carbono y dióxido de hierro que en contacto con el oxígeno del aire pueden formar hidróxido de hierro que mezclado con el agua la vuelve roja. Ese agua contaminada pudo provocar la muerte de todos los peces del Nilo y la huida de las aguas de las ranas, que son la segunda y tercera plaga. La falta de agua limpia pudo dar lugar a epidemias de piojos, moscas y a alguna epidemia bacteriana, las tercera, cuarta y quinta plagas. El dióxido de carbono concentrado en la atmósfera, proveniente de la isla o que pudo aflorar tras los terremotos pudo provocar algo similar a un coma, con una reducción de la circulación sanguínea y como consecuencia provocar sarpullidos, lo que fue la sexta plaga. Quizá la más singular sea la séptima plaga. La nube de cenizas provocada por la erupción, al llegar a la estratosfera se apelmaza con la humedad el aire formando una piedra similar al granizo. Esa nube, que pudo tener 40 kn de ancho y 200 km de altura, no solo provocaría el oscurecimiento parcial del cielo, la novena plaga, sino que enfriaría el aire hasta el punto de obligar a las langostas a posarse en el suelo que permanecía más cálido, la octava plaga. Y queda la última plaga la de la muerte de los primogénitos de las familias adineradas. El mismo dióxido de carbono causante de los primeros problemas, es más pesado que el aire por lo que tiende a concentrarse en el serlo. Esto podría matar a las personas que dormían, sobre todo a las que lo hacían cerca del suelo. Los primogénitos de las familias ricas gozaban de privilegios por ser los herederos de las propiedades y dormían en camas egipcias, casi pegadas al suelo, signo de estatus, mientras que los demás miembros de la familia dormían en los pisos altos. En otra época habría matado a los dinosaurios, pero en aquel momento puede que la erupción del volcán no sólo destruyó la isla sino que cambió el curso de la historia.


Fig. 8. La estructura urbana de estas construcciones es completamente orgánica, adaptándose a la forma del terreno y a las otras construcciones, con las que se maclan formando un puzle interesante y pintoresco de viviendas, rampas, escaleras, terrazas y patios.

La destrucción parcial de la isla provocada por la erupción dota al resto de una estructura vertical, con grandes riscos y acantilados, y pocas superficies planas. Desde los puertos, o simplemente los atraques de las embarcaciones, hay que coger algún teleférico o alguna empinada carretera para llegar a las zonas altas y habitables de los riscos. Sobre esos riscos se erigen las edificaciones, escalonadas las unas sobre las otras y formando manchas blancas sobre el oscuro terreno. Esta característica orográfica se presta a horadar el acantilado, creando abundantes casas cuevas, que se denominan hyposkafas, y que son unas de las imágenes más características de la arquitectura popular de la isla, basada, como en la mayor parte de los casos, en los materiales locales, la estructura del terreno y la orografía de la isla.



Fig. 9. Una zona simplemente excavada junto a una ya trabajada y una imagen del acabado una vez refinado.

Las cuevas se horadan en terrenos puzolánicos llamados aspas o tierra de Thira, que es el nombre original de la isla. Es un terreno blando que se trabaja con facilidad con una herramienta en forma de pequeño cuchillo curvo, incluso aprovechando cavidades naturales formadas en esta capa de terreno. Finalmente, se afina su acabado y pinta de blanco para asegurar la luminosidad interior, ya que la luz suele ser el punto más débil de las casas cueva. En cualquier caso, al no ser muy profundas, el tamaño y disposición de los huecos exteriores, el acabado blanco interior y la gran luminosidad exterior, hacen que te sientas dentro de la cueva como si estuvieras en un edificio en superficie.


Fig. 10. Imágenes del comedor y de un dormitorio.

Las cuevas tienen una o dos habitaciones principales situadas en serie hacia el interior. Hacia los laterales se abren igualmente dependencias según van siendo necesarias, en ocasiones como dormitorios y en otras como talleres o almacenes.





Fig. 11. Una de las dependencias auxiliares utilizada como lagar y bodega, y otra como taller, en la que se aprecia un pequeño hueco de iluminación.

Dado que la puzolana es una capa de terreno situada entre capas de lava solidificada, las excavaciones se prolongan, aumentando el tamaño de la vivienda, hasta que se encuentra roca volcánica. En ese momento se detiene la excavación en esa dirección y se buscan otras direcciones más adecuadas o se completa la vivienda con una edificación exterior adosada a la entrada. Esta nueva construcción parte cueva, parte edificio convencional, completamente combinados y unidos, es el tipo de cuevas a las que yo denomino en mis publicaciones “excavada y complementada”.

Fig. 12. Zona en la que ya se ha encontrado roca volcánica compacta.

La solidez de estas estructuras excavadas pudo comprobarse, ya que tras el gran terremoto de 1956 apenas hubo derrumbes en ellas.

Fig. 13. Imagen del acantilado donde se aprecia la capa de puzolana, en la que se han producido cavidades de forma espontánea, entre capas de roca sólida.

Todas las construcciones exteriores, tanto los edificios exentos como los complementos a las cuevas o los simples muros de cierre, son igualmente blancos, tanto muros como cubiertas y escaleras. Es el color propio de la arquitectura vernácula de climas cálidos con mucha radiación solar; ocasionalmente hay algunas total o parcialmente pintadas en azules o amarillos. Sin embargo, la inmensa mayoría sigue siendo blanca y actualmente se siguen encalando muros y cubiertas al igual que se hacía hace años.



Fig. 14. Imagen de tres cuevas, la primera con una pequeña construcción exterior sobre otra cueva que se ve enrasada con el terreno, la segunda igualmente con un pequeño añadido, sobre la que se desarrolla la escalera que llevará a las viviendas de niveles superiores, y la tercera completamente enrasada en el cortado del terreno y con un toque de color diferente.

Las cubiertas de esas construcciones exteriores son siempre abovedas. Las más frecuentes son las bóvedas de cañón pero también se ven bóvedas de crucería en construcciones de cierta calidad, como las iglesias. Incluso aquellas que exteriormente son terrazas planas, necesarias para desplazarse entre construcciones o para alguna otra funcionalidad, estructuralmente llevan debajo una bóveda, rellenado el espacio entre la parte curva y la plana con picón volcánico, llamada piedra roja porosa, por su ligereza y capacidad de aislamiento.

Fig. 15. Una persona encalando su casa.

El motivo por el que son cubiertas abovedadas es por la falta de elementos estructurales para cubrir las luces que precisan las habitaciones de las viviendas. Recuerdo que no hay árboles en la isla y que la poca madera que se trae de fuera de la isla se reserva para puertas y ventanas.






Fig. 16. Varias viviendas con sus cubiertas en forma de bóveda cañón.

Para realizar las bóvedas se aprovecha la gran cantidad de puzolana natural que hay en la isla. La puzolana es un material silíceo o alumino-silíceo con el que históricamente se han producido los cementos. Proviene de las cenizas volcánicas y tiene una gran ligereza y, por tanto, cualidades aislantes. Su conductividad térmica está entre 0,2 y 0,3 W/m·K.


Fig. 17. Detalle de una bóveda en la que se pueden apreciar las diferentes capas de las que está constituida.

Para su realización se construyen cimbras, y entre ellas se coloca una capa de arbustos que hará de encofrado. Encima de este encofrado se deposita una capa fina de mortero realizado por la puzolana triturada mezclada con limo y agua, que se mezcla con los arbustos y forma una superficie uniforme y lisa. Gracias a sus propiedades cementantes endurece rápidamente y permite que sobre ella se pueda colocar la primera capa resistente. Se trata de una capa más gruesa de 20 ó 25 cm, en la que hay picón fino que puede actuar como aislante. Finalmente, a los 20 días, se retira la cimbra y la capa de arbustos, que arrastra la capa fina depositada inicialmente. Sobre lo existente se coloca una última capa de mortero de puzolana, que por sus propiedades hidráulicas impermeabiliza finalmente la cubierta. Dada la escasez de lluvias y la forma curva de la bóveda que hace que el agua de lluvia fluya rápidamente, no se genera riesgo de humedad en la cubierta.


Fig. 18. Sistema de recogida del agua de lluvia que fluya por las bóvedas.

Los laterales largos de la bóveda se rematan con unas plataformas planas y estrechas que recogen el agua que fluye por la bóveda y la trasladan a un aljibe. Dado el bajo régimen de lluvias, la totalidad del agua de lluvia que cae sobre escaleras y terrazas, se recoge mediante sistemas parecidos y se traslada a aljibes y cisternas.



Fig. 19. Piedra volcánica compacta, negra y roja, empleada en dinteles y jambas.

Los dinteles y las jambas de los huecos se construyen con una piedra volcánica muy densa, generalmente la piedra roja compacta para los dinteles, ya que es la más resistente, y la negra para las jambas. Para los muros se usa la piedra negra compacta y la volcánica porosa, asentadas con un mortero similar al empleado en las cubiertas. Los muros quedan de ese modo razonablemente aislados y aportan una gran inercia térmica.

Fig. 20. Detalle de los muros de mamposteria de piedra volcanica antes de ser recubiertos e imagen del relleno entre la bóveda y la parte aterrazada de una cubierta.

Las fachadas de las construcciones exteriores, ya sean exentas o formando parte del complemento de las casa cuevas, responden a una estructura fija: dos ventanas rectangulares de mediano tamaño, una a cada lado de la puerta, y una ventana con forma semicircular encima de la puerta. Esta forma se ajusta a la de la bóveda de cañón y permite que se refleje uniformemente la luz en la parte interior de la bóveda y que llegue a puntos profundos de la habitación, al tiempo que facilita la ventilación.



Fig. 21. Combinación de tres ventanas y puerta clásico de las casas de Santorini.

En una de esas casas cueva, a la que pude acceder, medí 23 °C y un 70% de humedad relativa a unos 10 m hacia el interior de la cueva; en ese mismo instante había 30 °C en el exterior. Teniendo en cuenta que la temperatura de las paredes, techo y suelo es estable todo el año, y está en torno a los 18 ºC, la sensación de calor que nos da la temperatura operativa puede ser de 20 ó 21 ºC. Este es el resultado de la gran inercia térmica de la cueva, de la protección aislante de muros con piedra volcánica, de los acabados blancos y de los huecos pequeños. Esto es más que suficiente para asegurar el confort en verano. En invierno el comportamiento no es tan favorable, pero dado que las temperaturas no son muy bajas, el aislamiento de los muros y lo pequeño de los huecos hace que su carga térmica sea reducida. No hay chimenea, pero con la ropa adecuada y las cargas internas se mantienen unas condiciones adecuadas. El combustible que utilizan son arbustos o restos de la explotación de los viñedos, muy abundantes en la isla.

Otra de las aportaciones constructivas cretenses a la sostenibilidad a través de las energías renovables fue su molino de velas, que rápidamente se extendió por el Mediterráneo llegando incluso a España. En el extremo noroeste de la isla, en la población de Oia aún existen algunos de estos molinos perfectamente reconstruidos, impertérritos espectadores de los turistas que se reúnen todas las tardes para ver la puesta del sol.


Fig. 22. Molinos cretenses en la población de Oia.

Probablemente Santorini sea un caso excepcional en el mundo en el que el turismo ha ayudado a preservar la arquitectura popular, ya que el encanto de la isla, y su potencial económico por tanto, se basan en la imagen que ofrecen estas edificaciones. La arquitectura actual, tanto la que se hace en el acantilado como la que se hace en el interior de la isla, mantiene la forma aboveda de las cubiertas, la estructura, tamaño, proporción de la edificación, el diseño de los huecos, y el color de los acabados. Esto permite mantener una imagen uniforme entre la arquitectura tradicional y la reciente, aunque algunas de sus funcionalidades hayan desaparecido, como la recogida de aguas y las técnicas tradicionales de construcción.

Las islas son siempre ecosistemas cerrados y delicados, donde el uso de los recursos propios se convierte en imprescindible, y el aprovechamiento de los recursos que ofrece la naturaleza un arte.

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