lunes, 2 de septiembre de 2019

Durmiendo en una cueva




Quienes me hayan leído o escuchado saben de mi gran interés por el hábitat troglodita, es decir, por las cuevas. En su momento hice una clasificación tipológica que me ayudó a entender y compartir el cómo y el porqué de sus diferentes formas. Y en base a ese interés he intentado estar en el interior de muchas de ellas. Sin embargo, no había tenido ocasión de vivir en ninguna. Esa asignatura pendiente la pude resolver este verano, cuando alquilé una cueva en el pueblo granadino de Gorafe. La excusa fue visitar el Geoparque de Granada, en cuyo centro se encuentra esta pequeña población, que además dispone de un interesante centro de interpretación.

El pueblo de Gorafe visto desde el altiplano del Llano de Olivares.


Las badlands del Negratín que forman el desierto de Gorafe.

 En el Geoparque, que abarca 47 municipios, se puede apreciar una geología singular, observar yacimientos paleontológicos del Cuaternario y visitar los asentamientos de la Edad del Bronce que se han ido descubriendo en los límites del valle del río Gor, concretamente en esta zona hay más de 240 dólmenes que son enterramientos megalíticos. Yo no los visité todos, como es lógico, pero sí pude ver un número muy considerable de los mejor conservados en varias ubicaciones diferentes de las 11 que hay reseñadas en el entorno de Gorafe. Son del Neolítico medio, hacia el 2 800 a.C., que los puede hacer aparecer como muy primitivos, pero por esa época los egipcios ya estaban construyendo las grandes pirámides y desarrollado su cultura.


 Dólmenes de Gorafe.

Los dólmenes son construcciones funerarias formadas por grandes piedras verticales, ortostatos, que forman las paredes, sobre las que se colocan piezas horizontales a modo de techumbre; dolmen en la lengua de los bretones, cuya tierra es rica en construcciones megalíticas, quiere decir mesa de piedra. Lo más habitual es que sobre ellas se coloquen a su vez piedras sueltas y tierra, devolviendo un aspecto natural al terreno o creando intencionadamente un hito en forma de pequeño montículo. Tal vez el túmulo así creado tenga algo que ver con la idea de la “colina primigenia” de los egipcios, el origen de la Tierra, lo primero que emergió del agua. En Egipto lo veían cada vez que bajaban las aguas del Nilo, donde lo primero que aparecían eran las pequeñas protuberancias del terreno. También cuando enterraba a sus muertos en la tierra no fértil del desierto, formando un montículo con la arena sobrante. Cuando comprobaban que el cadáver se había momificado de forma natural, por el calor y la sequedad de la arena, como una manera de interpretar una conexión entre la forma y el más allá, le empezaron a dar importancia y la vincularon con la “colina primigenia”. Sin duda era una forma de marcar el lugar, pero hay que dejar a otros la interpretación más plausible de cada caso.

Aunque el tamaño de estos dólmenes era pequeño en comparación con otros como los que hay en Antequera, el de Menga por ejemplo, la piedras no dejaban de ser muy pesadas y su traslado una auténtica obra de ingenio. Supongo que en parte el hacerlos enterrados estaba justificado por necesidades puramente constructivas.


Dolmen de Menga a la izquierda y corredor de El Romeral debajo.

El procedimiento constructivo consistía en hacer una zanja profunda y estrecha marcando el perímetro del futuro dolmen. Hasta esas zanjas trasladaban, seguramente arrastrándolas mediante troncos, las piedras que harían de paredes verticales. Al llegar al borde las harían pivotar para dejarlas caer en el hueco de la zanja y, tras acuñarlas con piedras y tierra, las dejarían en la posición vertical que definitivamente tendrían. Posteriormente deslizarían sobre ellas las grandes piedras que formarían la techumbre. Estas eran las más pesadas debido a su tamaño, pero no sería necesario pivotarlas, sería suficiente deslizarlas sobre la tierra hasta dejarlas colocadas sobre las verticales y la tierra del centro. Finalmente se  excavaba la tierra que había quedado dentro hasta crear el espacio vacío interior del dolmen. 

 Entrada de un domen.

En alguno de ellos se creaba un pequeño canal, como un pasillo de entrada. A esos dólmenes se les denomina de corredor. Según he leído para que se formara un pequeño séquito funerario, pero los que vi en Gorafe en ocasiones eran de sólo 50 cm de ancho y un metro de largo, así que en estos casos habrá que buscar otra explicación plausible. Hay también en la zona otros dólmenes más sencillos en los que se limitaban a cerrar la entrada con otra piedra.


Fotos de pequeños dólmenes de corredor, todos ellos sin las piedras de techumbre.

En el interior de la cámara depositaban el cadáver. Si con el paso del tiempo era necesario introducir otro cuerpo, se retiraban los huesos a un lateral y colocaban en el centro al nuevo difunto. En uno en la zona de Las Majadillas se han encontrado restos de 22 personas, todo un panteón familiar.


     
Fotos del dolmen 134 en la zona del Coquín alto, sin corredor. Es el más grande y completo de esta zona.

 No voy a intentar entender el porqué de este procedimiento frente a un enterramiento o una incineración. Tal vez al enterrarlos cabía el riesgo de que los animales carroñeros los pudieran desenterrar o que para incinerarlos necesitaban una cantidad enorme de madera, recurso que seguramente cuidaban, pero probablemente habrá otras explicaciones con más simbolismo.

Las plantas del esparto te acompañan permanentemente en la búsqueda de los dólmenes.

Visité los dólmenes de La Majadilla, una zona en el altiplano, sobre el valle del Gor y en el arranque del desierto de Gorafe, las zonas del Coquín, el alto y el bajo y, más alejado, la zona de Alicún de la Torres, cerca de un balneario de aguas termales.

Sabíamos que se accedía a esta última zona desde las proximidades del Balneario de Alicún, por lo que nos dirigimos hacia allí. No nos resultó difícil llegar ya que habíamos pasado por él en nuestro camino de ida. Sin embargo, cuando aparcamos no encontramos ninguna señal que nos indicara dónde se encontraban los dólmenes. Después de preguntar a varias personas y obtener como respuesta que sí, que sabían que había dólmenes pero que no habían ido nunca, tuve suerte al final y el contratista de una obra que se estaba realizando cerca del Balneario nos orientó hacia el camino por donde se podía llegar al asentamiento.

Este último asentamiento es algo posterior, se supone que unos 300 o 400 años después de los que ya habíamos visto. Están menos trabajados arqueológicamente pero allí encontramos, porque fue un encuentro que tenía mucho de casual y de suerte, uno completo, grande, en el que pudimos entrar.



Dolmen de la zona de Alicún de las Torres. Era el más grande que vi, unos 2,20 m de altura, completo, incluso con la techumbre. Se podía entrar y valorar el aspecto de la construcción y el tamaño de las piedras. Los ortostatos, las piedras verticales que forman los muros, están perfectamente unidos a hueso para que no entre agua.

 Los dólmenes de esta zona no están señalizados por lo que habíamos tenido que caminar al azar buscándolos, pero al final resultó ser una suerte porque descubrimos algo que no estábamos buscando. En el entorno del asentamiento de Alicún de la Torres hay un acueducto o acequia prehistórica muy singular, la llamada acequia del Toril. La zona era muy propicia a los asentamientos debido a la presencia del agua termal a 35 ºC y a toda la vegetación que crece gracias a ella.

  
Imágenes de los restos de la acequia que dio lugar al gran muro de caliza travertina que ahora se puede observar.


Gran muro de 15 m de altura y hasta 1,5 m de grosor formado por la mineralización de las plantas que absorbían el carbonato cálcico.

 Para dotar de agua a sus aldeas, los pobladores de la zona la canalizaron mediante una acequia a ras de suelo. Parte de esa agua mal canalizada permitió el desarrollo de plantas a ambos lados del conducto, la pajarilla de agua, la cañota real, el tarajal, el enebro, el ruibarbo o el romero. Como el agua transporta gran cantidad de bicarbonato cálcico y las plantas tienen una gran facilidad para fijarlo, acabaron mineralizándose. Sobre esta estructura mineral siguieron creciendo nuevas plantas que a su vez fijaron de nuevo el bicarbonato cálcico. Se fue formando con el tiempo un murete que acabó convirtiéndose en una gran pantalla de casi 1,5 kilómetros de longitud que en algunos tramos llega a los 15 metros de altura y 70 cm de espesor medio, creando uno de los entornos geológicos y vegetales más singulares de la provincia de Granada. Fui a ver cuevas y vi desierto, dólmenes y acueductos naturales de caliza y plantas mineralizadas.

La caliza travertina se puede apreciar tras la vegetación en estas fotos.

 A pesar de ser capaces de construir con grandes piedras y valorar el uso de espacios semienterrados, sus poblados eran de cabañas circulares, como castros, con techumbre de paja y protegidas por un cercado. No parece que pensaran en la posibilidad o el interés de hacer construcciones en las montañas, cuyo terreno arcilloso parece que está pidiendo a gritos hacer cuevas. Su uso llegaría mucho después.

Cuevas en Gorafe.

 Las cuevas de Gorafe, término que proviene del árabe gaurab, y significa “cámaras altas”, son del siglo XII y de origen almohade. Estas cuevas estaban organizadas en tres niveles. Las del nivel más bajo se empleaban como cuadras y establos; eran las de más fácil acceso lógicamente. Las del segundo nivel eran las empleadas como viviendas, pero también incluían palomares y aljibes donde recogían agua de lluvia, seguramente la que se filtraba por el terreno; se accedía a ella a través de estrechos y largos caminos en cornisa siguiendo el acantilado, lo que los convertía en peligrosísimos. Y un tercer nivel, de acceso aún más complejo pero que les confería gran protección, como almacenes de grano, algo parecido a los graneros fortificados de Marruecos o Túnez. Las cuevas de los tres niveles se comunicaban en ocasiones entre sí interiormente.

Imagen de algunas de las cuevas almohades, en plena montaña. En la foto se ven, a la izquierda, las cuevas del tercer nivel, y a la derecha las del segundo, pero desde donde yo estaba no se alcanzaban a ver las del primer nivel.

Al llegar a Gorafe nos dimos cuenta de que no había muchos sitios donde comer; no habíamos comido por el camino para no llegar demasiado tarde. El supermercado que tenía el pueblo, que habría sido una solución, estaba cerrado. Después de preguntar nos acercamos a un pequeño hotel que había a la entrada del pueblo para ver si podríamos comer allí. En el hotel, Rosita se encargaba de todo, atendía al hotel, a las mesas y hacía la comida. Nos dijo que no nos podría ofrecer mucho, que sólo había cocinado dos platos, lomo y pollo, pero que nos podría hacer una ensalada también. Le dije que no se preocupara, que seguro que nos gustaban, como así fue. Eran dos platos exquisitamente cocinados con los productos naturales de los que disponía, grandes cantidades de ajos y enormes rodajas de naranja, una combinación realmente apetitosa. Dado que se tenía que encargar de todo tardamos bastante en terminar, entre bromas que hacía cada vez que pasaba por nuestra mesa. Tras la larga comida nos fuimos encaminando hacia lo alto del pueblo, donde estaba nuestra cueva, ascendiendo por la calle principal.

Subiendo hacia la cueva.

La cueva formaba parte de un conjunto de varias dispuestas en cuatro niveles. La mía era la de más arriba, ya que era la más pequeña, para dos personas. Su situación reducía la cantidad de tierra que la conformaba, en comparación con las de más abajo. Por eso, su temperatura, que seguiría siendo tan estable como en cualquier otra ya que la masa de tierra era más que suficiente, era algo alta. Entre dos y tres metros de profundidad, que es más o menos lo que tenía encima y a los lados la cueva, la temperatura de la tierra es la media de los tres últimos meses. Como yo la ocupé a mediados de agosto la temperatura sería la media medida desde mediados de mayo hasta el momento. Como el mes anterior además había sido muy caluroso no me extrañó medir 24 ºC, y no los 18 ºC que podría haber alcanzado. En cualquier caso, una temperatura claramente confortable.


Cuevas que alquilaban las dos señoras en Gorafe.

 El funcionamiento de una cueva, o de cualquier otro espacio con una envolvente gruesa y masiva, lo asemejo al de una esponja. Una esponja que va absorbiendo el calor que entra o se produce en el interior y que cuanto más gruesa es más calor absorbe, y en el caso de una cueva son varios metros de esponja. En el momento en el que la cueva o el recinto rodeado por esa envolvente masiva comienza a enfriarse, la esponja se empieza a estrujar mágicamente, devolviendo la energía guardada. Esa magia que estruja la esponja se llama termodinámica, ya que en el momento en el que la temperatura del espacio interior es menor que la de la pared se produce un flujo de calor de la pared más cálida al ambiente más frío. Como ese flujo es directamente proporcional a la diferencia de temperatura, que siempre es muy pequeña, el flujo es muy lento, casi imperceptible, por lo que la temperatura interior parece no cambiar. En el tiempo en el que yo estuve en la cueva la temperatura no fluctuó más allá de medio grado.

También es verdad que la energía que tiene que absorber la pared es pequeña. Dos personas viviendo en esa cueva generan una potencia de 125 W de media diaria cada una, es decir, si permanecen 12 horas en la cueva producen una energía de 3 kWh. Al no tener ventanas la cueva, la radiación solar que penetra también es muy pequeña. En mi cueva entraba por la puerta cristalera dos horas a primera hora de la mañana; es decir, unos 300 Wh por metro cuadrado de vidrio, unos 0,6 kWh. El alumbrado eléctrico y los electrodomésticos podrían aportar menos de esos 0,4 kWh que me sirven para redondear la cifra en 4 kWh (14 400 kJ).

Los 45 m2 de la cueva estaban rodeados por unos 198 m2 de tierra, incluidos techo y suelos. Si considero que almacena calor entre 60 y 70 cm de profundidad, habrá un volumen de unos 135 m3 capaz de acumular energía en la envolvente del espacio. Con una densidad de la arcilla de 1 800 kg/m3, tengo:

Masa: 135 x 1 800= 243 000 kg

Con un calor especifico de 0,89 kJ/kg·K, habrá una masa térmica de:

Masa térmica: 243 000 x 0,89= 216 270 kJ/K,

que representa la cantidad de energía que hay que aportar a esa masa para cambiar en un kelvin, un grado centígrado, su temperatura. Teniendo en cuenta que la energía que entra en un día es de 14 400 kJ, la temperatura sólo subirá en ese periodo de tiempo en:

14 400/216 270= 0,07 ºC

Esta cantidad es muy pequeña, propia de la estabilidad térmica que aporta una cueva, pero si sólo hubiera aportación de calor, a lo largo de un mes se iría acumulando ese calor y podría subir la temperatura en 2 ºC. Por eso es necesario ventilar, sobre todo para aprovechar el frescor nocturno, estrujar la esponja y eliminar por completo esa energía, estabilizando la temperatura de la tierra.


Interior de la cueva. Abajo se ve la cocina, a la entrada de la cueva, y arriba el dormitorio, siempre la pieza más profunda.

Del conjunto de cuevas que alquilaban dos señoras, ellas vivían en una de ellas, dos niveles por debajo de la mía. Se habían rehabilitado en 2007, seguramente con licencia anterior a la entrada en vigor del Código Técnico de la Edificación y, por tanto, sin las exigencias de ventilación y aislamiento propias de esa norma. En general se había conservado muy bien su estructura original, el tamaño de los espacios y los acabados. Se había llevado agua corriente, algo que no tenían, y se había renovado la instalación eléctrica, empotrándola en la arcilla de las paredes; se podían apreciar las rozas tapadas.

Roza para llevar el tubo eléctrico, tapada posteriormente con la arcilla y el encalado.


También habían incorporado agua caliente sanitaria con colectores solares. Estaban colocados en la parte alta del conjunto, en un sitio discreto que no permitía su visión hasta no haber trepado por la colina. Era un conjunto de cinco colectores que tenían que dar servicio a todas las cuevas que ellas alquilaban. Como en aquel momento sólo estaba alquilada la mía solamente estaba en funcionamiento uno de ellos; el resto estaban tapados. Éste es uno de los grandes inconvenientes del calor solar, que los colectores funcionan con el sol independientemente del servicio que tienen que prestar. En ocasiones la producción supera a la demanda, cuando hay mucha radiación en verano o cuando los edificios están desocupados por las vacaciones o los fines de semana y podría haber sobrecalentamiento en el circuito, lo que provocaría que reventaran. Por ese motivo tiene que haber circuitos independientes que se puedan vaciar, disipadores del calor excedente o, como en ese caso, dejar inoperantes algunos de ellos tapándolos. Cualquiera de estos sistemas me parece poco práctico en unos dispositivos que han evolucionado poco, pero esto es lo que hay de momento.

Conjunto de cinco colectores para dar servicio a las cuevas. Cuatro de ellos estaban tapados.

Se había modernizado la cocina e introducido un cuarto de baño con todas sus consecuencias, es decir, con su saneamiento. El suelo ya no era de tierra sino de baldosas cerámicas y se habían aprovechado los huecos que originalmente eran pesebres para alacenas, estantes, bancos o elementos de decoración. La luz natural era la que originalmente proporcionaban los escasos huecos, las chimeneas y la puerta. En la parte de la cueva que daba al exterior, sí había alguna habitación extra más allá del vestíbulo, también había ventana. En mi cueva había tres chimeneas, sobre el dormitorio, sobre el baño y en la cocina. El resto de la luz natural entraba por la puerta cristalera. Siempre había pensado y argumentado que el problema de las cuevas no era la ventilación, sino la luz, pero en esta cueva me di cuenta de que la luz que entraba por los pocos huecos era razonablemente suficiente. Las chimeneas están encaladas interiormente y tienen una forma ligeramente cónica que conduce la luz hacia el interior de las habitaciones. Unido a la puerta cristalera el resultado era adecuado excepto a las horas más oscuras de la noche, en las que la luz de la luna y de las estrellas no parecía querer entrar.

Un espacio convertido en sofá.

 
Chimenea del dormitorio donde se aprecia la luz entrante.

Luz que entraba por la chimenea del nuevo cuarto de baño.

Hasta aquí todo bien, pero habían cometido un error en la remodelación: habían cerrado las chimeneas de ventilación por la parte superior con vidrios, dejándolas simplemente como lucernarios. Las de la cocina y el cuarto de baño tenían conectados extractores mecánicos que había que accionar eléctricamente, pero en la del dormitorio había simplemente una pequeñísima rejilla en la parte superior de la chimenea, a todas luces insuficiente. El resultado, según pude comprobar con mi anemómetro, era que el aire no se movía en absoluto. Como resultado del uso de la cueva, la humedad relativa era bastante alta. Mientras que en el exterior había una humedad entre el 14 y el 17%, era una zona de desierto, para una temperatura de 35 o 36 ºC, dentro no bajaba del 55 o 60%. Al pasar de afuera a adentro se percibía muy claramente esa mayor humedad.

Ésta es la chimenea de la cocina. Se ve como la han transformado incorporando dos vidrios para que entre más luz y una pequeña rejilla conectada a un extractor.

La chimenea de otra cueva con una modificación similar.

Ése era el mayor problema, la falta de ventilación. Es verdad que la humedad relativa se mantenía en unas cifras magníficas, pero al ser tan baja la exterior el contraste que se apreciaba al entrar en la cueva no era agradable, más bien se tenía la sensación de una humedad muy superior a la que en verdad había. No obstante, más allá de la humedad el problema de esa falta de ventilación era la calidad del aire que necesariamente tenía que ser mala. Para mantener el nivel de CO2 de origen biológico por debajo del 0,1% es necesario aportar al menos 8 l/s de aire exterior por persona que desarrolle una actividad moderada, como la de una vivienda. Es decir, 16 l/s (0,016 m3/s), una cantidad pequeña, pero aquí no había ninguna ventilación más allá de la cocina y el baño cuando se accionaban los extractores. Aunque no llevaba ningún aparato para medir la concentración de CO2 no me cabía la menor duda de que el nivel era alto. Cuando se produce una concentración elevada de gases contaminantes se da un efecto sinestésico. La sinestesia es la ciencia que estudia la alteración de una percepción provocada por un estímulo que no corresponde. Por ejemplo, la mayor sensación de calor en un entorno iluminado o decorado con colores cálidos. En este caso la sensación alterada era la térmica y el estímulo el químico provocado por los gases ambientales. Cuando el contenido de CO2 es elevado aumenta la sensación de calor. Y eso era lo que ocurría en esa cueva, una mayor sensación de calor que la que debería corresponder a su temperatura. Se podía comprobar con un simple experimento, salir a la puerta de la cueva, donde había una temperatura algo mayor que en el interior, y comprobar cómo la sensación de calor aún con el aire en calma era menor; era la mejor calidad del aire exterior la que provocaba ese efecto.

Pero no hay que olvidar que se ha visto que era necesario ventilar también para evitar la concentración acumulada de energía durante varios días seguidos. Eso tampoco se conseguía.

De haber tenido un hueco en horizontal al otro lado de la cueva, en oposición a la puerta, moviéndose al aire a 1 m/s, el caudal de ventilación habría sido:

Q= 0,025 · A · Vviento= 0,025 · A · 1 =0,025 · A m3/s

Como considero que hacían falta 0,016 m3/s, serían necesarios 0,64 m2 de huecos de entrada y salida (2 huecos de 0,8 x 08 m). Si la velocidad del aire hubiera sido la mitad, algo más que probable, me harían falta 1,28 m2 de huecos (2 huecos de 1,13 x 1,13 m).



   Chimeneas de ventilación de las cuevas.

Pero la cueva tiene un componente estupendo que no hace preciso que sople el viento, las chimeneas. Con la diferencia de altura que ofrecen las chimeneas se alcanza suficiente diferencia de presión como para que no haga falta recurrir al viento. La altura del hueco de salida de estas chimeneas con respecto a la puerta, que es el hueco de entrada, podría estar entre los 5 y los 6 m.
En estas fórmulas de dinámica de fluidos, las temperaturas se introducen en kelvin, siendo To una temperatura operativa que se fija en 20 ºC (293 K); cuanto mayor es la diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior mayor caudal se mueve. Para mover 0,016 m3/s me bastan dos huecos de 0,0135 m2 de área efectiva. El área efectiva de ventilación es el 73% del área real para huecos de entrada y de salida de igual tamaño; dando por sentada esa equivalencia serían necesarios 2 huecos de 0,0185 m2 de área real. Una rejilla de 20 cm por 10 cm lo proporciona. Sobre la puerta había una rejilla que podría haber sido suficiente de haberse mantenido abiertas las chimeneas.

Rejilla de ventilación sobre la puerta de entrada a la cueva.

Pero la ventilación no se producirá sólo desde la puerta, también se produce entre las tres chimeneas. En el momento en el que los remates de las chimeneas estén a diferente altura habrá entre sus bocas diferentes presiones que harán que el aire circule desde las que tienen más presión, las más bajas por las que entra el aire, hacia las que tienen menos presión las más altas por las que sale. Con una diferencia de altura de sólo dos metros entre los remates de las chimeneas habrían sido necesarios 0,026 m2 de hueco real, es decir, huecos de algo menos de 20 cm de diámetro. Durante la noche, al bajar la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior, esa ventilación por tiro natural se reduce o puede anularse durante unas horas.

Este sistema de chimeneas y hueco de la puerta asegura una continua y correcta ventilación. Es una pena que en esta cueva se hubiera cerrado el tiro, supongo que pensando que así serían más confortables o para evitar el riesgo de entrada de agua de lluvia o de insectos, algo que se podría asegurar con un correcto remate.

Según me contaron, en las cuevas se había sustituido la chimenea de hogar abierto, que usarían como cocina, por una chimenea de tipo salamandra, para las épocas más frías del año. Sin embargo, me dijeron que prácticamente no la usaban.

Estufa de hierro usada como calefacción.

Tuve ocasión de entrar en las cuevas que estaban debajo de la mía. Aunque la rehabilitación era similar, al tener encima muchas más toneladas de tierra, aunque la estabilidad térmica seguía siendo la misma, la temperatura de la tierra a esa mayor profundidad almacenaba también el frescor de los meses de primavera e invierno; en el interior la temperatura del aire era tres grados más baja. Estoy seguro de que a un nivel más bajo de cuevas, aún había dos niveles más, habría una temperatura que se acercaría a los 16 o 18 ºC.

Aunque en esta segunda cueva también estaban tapadas las salidas de las chimeneas, como la cueva era muy grande y atravesaba la montaña, podían tener ventilación cruzada con aire de la ladera norte, lo que aseguraría una buena calidad del aire permanentemente.

Siempre he defendido la necesidad de rehabilitar la arquitectura popular más allá de lo que pueda exigir la normativa, si queremos que permanezca entre nosotros con una nueva vida. También que en ocasiones hay que hacer cambios importantes, como podría ser en este caso actualizar la cocina e incorporar un baño moderno junto con todas las instalaciones. Pero es imprescindible entender qué no se debe tocar, y aunque estas cuevas seguían siendo perfectamente confortables y mucho más habitables que antaño, no debieron eliminar la ventilación natural.

Anochecer en Gorafe.