sábado, 19 de marzo de 2016

Arquitectura e inanidad


Recientemente estuve en un Congreso en el que uno de los asistentes decía que la arquitectura era socialmente irrelevante. Dije que no compartía su opinión, que la arquitectura había sido, ¡había sido!, recalco, el fundamento de las sociedades prósperas. Que las sociedades y pueblos que habían realizado mala arquitectura en su pasado profundo, poco pensada, poco adaptada a su clima, agotando sus recursos, es decir, poco sostenibles, habían desaparecido. Ahí tenemos el ejemplo reciente de los rapanui en la Isla de Pascua, ecosistema sensible por excelencia, pero antes que ellos otros miles de pueblos que no llegaron a dejar huella sobre la Tierra.

Únicamente aquellos pueblos que han sido capaces de crear una arquitectura con las condiciones adecuadas de habitabilidad como para permitir su desarrollo y la procreación en condiciones de salud, con recursos continuados para ello, han evolucionado y prosperado hasta hoy en día.

He escrito en ocasiones contra la idea de que la cultura crea a la arquitectura. Mi opinión es que la arquitectura, la buena arquitectura, ha influido hasta crear la cultura del lugar y de sus gentes. Que ha dado forma a su sociedad e, incluso, ha creado los ritos y aspectos externos que indirectamente han influido en las religiones. Y a la arquitectura la crea el clima y los recursos materiales y energéticos de los que se dispone para crear espacios habitables. Es decir, que al final todo proviene de una arquitectura eficiente, adaptada a sus recursos, una arquitectura sostenible y resiliente. En los países calurosos y con mucha radiación, la arquitectura que ha persistido es la de estructuras pesadas compactas y cerradas al exterior, volcadas a los patios interiores, frescos y vivibles. Pero esa sociedad se vuelve cerrada por su arquitectura, y su modelo familiar también, dando lugar a una religiosidad que lo asume como lo perfecto para pervivir. Las culturas del trabajo, propias de climas fríos y con religiones que ponen en valor este hecho por encima de otros, existen porque la arquitectica crea los recintos adecuados para ellos, con imaginativas y creativas formas de aislamiento que aseguran el bienestar con un consumo pequeño de recursos energéticos.  Los pueblos que han creado una arquitectura capaz de guardar saludablemente los alimentos, los graneros fortificados, los hórreos, las solanas, pueden sobrevivir en épocas de penuria, y sobreviven.

Es cierto que hoy en día la arquitectura se ha vuelto socialmente irrelevante, quizá porque ha perdido su esencia, su espíritu de habitabilidad resiliente, su capacidad de influir en la sociedad.

La gente no especializada sólo conoce los  nombres de los arquitectos cuyas obras dan problemas, que son las que están en los medios, no las obras de calidad medioambiental. Antes se sabía cuándo un edifico era confortable y saludable, se deseaba vivir o trabajar en él, esto ahora lo hemos perdido. Sin embargo, hay otro camino que debemos explorar y que permitirá que la arquitectura deje de nuevo la huella de futuro que moldee a la sociedad, es la arquitectura de la optimización de recursos, de los espacios saludables, de los acondicionamientos pasivos, del fomento del transporte sostenible, de la gestión adecuada del agua, de la producción de parte de  sus propios alimentos, la de la no contaminación, y por tanto esa arquitectura que reduce las huellas ecológicas y ayuda a que no avance el cambio climático. Ese es nuestro nuevo camino. Ese comentario que oí en ese Congreso creo que era una clarísima pista de que vamos por mal camino, hacia la inanidad.

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