miércoles, 24 de septiembre de 2014

CAPTADORES DE VIENTO EN EL DESIERTO

Al llegar a Dubái lo primero que me impactó no fue el clima, a pesar de que las temperaturas pueden superar los 50 ºC. Lo que impacta es el lujo y, en cierto modo, la modernidad. El aeropuerto olía a dinero, no voy a decir que a buen gusto, pero sí a cierto refinamiento. Incluso el personal de inmigración que me atendió, vestido con un impecable ropaje tradicional blanco, sin una arruga, mostraba bajo la manga unos impresionantes gemelos de oro.

La autopista que me llevó a la ciudad, una de las tres de circunvalación, tiene 6 vías por sentido, limpias y rectas, por las que circulan coches de súper lujo. Está bordeada de edificios singularísimos, uno de ellos, a lo lejos, entre la bruma y el polvo del desierto, era el Burj Khalifa.

Dubái es uno de los siete emiratos que forman parte de los Emiratos Árabes Unidos. Los otros son Abu Dabi, el mayor y más rico, Ajmán, Fayaira, Ras Al-Jaima, Sharjah y Umm Al-Qaywayn. Constituyeron el estado tras su independencia como protectorado británico en 1971. El jefe de estado es un presidente que siempre es el jeque de Abu Dabi. Dubái es el segundo emirato en importancia y el que junto con Abu Dabi tiene petróleo.

Dubái en origen no eran otra cosa más que un pequeño asentamiento nómada vinculado a un próspero puerto que servía de escala en el trayecto entre Europa y la India, y que básicamente  vivía de la extracción de perlas. En 1833, el clan de los Al-Maktum se separó de Abu Dabi para formar un emirato independiente, y así surgió Dubái. Pero tanto este emirato como los limítrofes inmediatamente firmaron un acurdo con el Reino Unido que los convertía en protectorado y los protegería de este modo del Imperio Otomano, en plena expansión. Lawrence de Arabia, el famoso militar británico Thomas Edward Lawrence, apoyó desde dentro la lucha de las tribus de la península Arábiga contra los turcos, y la película de David Lean lo llevo a la popularidad.

Enseguida me di cuenta de que en Dubái todo gira en torno a los jeques, y que a pesar de ser una monarquía constitucional, todo depende finalmente de ellos; hay un gran espíritu de dependencia paternalista. En Dubái son enormemente clasistas, y la población extranjera, ampliamente mayoritaria con respecto a la autóctona, no tiene los mismos derechos, mientras que los autóctonos disponen de todos los recursos y tienen cubiertas todas sus necesidades . Como decía, Dubái es una monarquía constitucional, y en uno de sus artículos señala la igualdad de todos los hombres independientemente de su nacionalidad, lo que está por ver.

La sociedad dubaití está muy jerarquizada, por no decir de ella que es clasista. En el escalón superior está el jeque y toda su familia. Más abajo se encuentran los que tienen nacionalidad dubaití, entre los que ni siquiera se encuentran los nacidos en Dubái de mujeres dubaities si el marido es extranjero; no ocurre igual si el hijo es de hombre de Dubái y mujer extranjera, en ese caso si tiene la nacionalidad. Después están los extranjeros, cuyo escalón inferior lo ocupan los emigrantes que van a trabajar en la construcción, filipinos, bangladesís, indios y paquistanís.

La omnipresente imagen del jeque. La familia del jeque no sólo se ve en carteles sino en persona conduciendo sus coches; se distingue porque las matrículas van del 1 al 10. Yo vi el 3.

A pesar de la modernización del país, todavía se puede ver en Dubái arquitectura tradicional, la mayor parte de ella recuperada, reconstruida y rehabilitada, para dotar a estas tierras de un patrimonio cultural del que carecen en comparación con otros estados limítrofes. Esa arquitectura tradicional es muy básica, en cierta medida común con la de todos los países de clima cálido seco y cultura islámica. Se conservan edificios públicos, viviendas y construcciones defensivas. En las viviendas, que por otro lado son muy variadas de tamaño, estructura y decoración, según la clase social de sus propietarios, se encuentran las torres de viento que pretendía ver.

Hoy en día quedan muy pocas en funcionamiento real, ya que el dinero, el petróleo y la energía ha cambiado la mentalidad de los propietarios originales. Las que se pueden encontrar funcionando están en edificios ocupando por un estamento de la población no autóctona, sin recursos para usar aire acondicionado.

Antes del petróleo, que se empezó a extraer en 1966, todos estos emiratos eran tierras pobres, muy pobres, y sus construcciones y pueblos respondían a esa escasez de recursos. En Dubái, en esos años, las calles no estaban asfaltadas y había escasez de agua potable¸ incluso hasta los años 70 no tuvieron electricidad. Pero las ciudades respondían a esa escala pequeña, a los materiales locales, piedra, tierra y madera de palma, y a la estructura clásica de calles estrechas de las medinas. Pero como también eran nómadas además de comerciantes, algunas de sus construcciones eran desmontables y efímeras. Esas construcciones se llaman barasti, y estaban hechas de hoja de palma y pensadas para durar como máximo cinco años. En esas construcciones también se montaban torres de viento.



Ejemplo de un barasti



Como en todos los casos que he estudiado de arquitectura popular, aquí también los edificios están determinados por el clima y los materiales locales, con las influencias sociales y económicas de sus ocupantes, es decir, su cultura.


  Detalles constructivos de un barasti hecho de cañas, con el atado de las cañas para crear los techos y las paredes. Aunque las cubiertas no son tan gruesas como en otras partes del mundo donde también se emplean cañas, aquí, la poca lluvia justifica su menor espesor

En este caso concreto su clima es terriblemente extremo, sobre todo en verano. Durante el estío se llega regularmente a los 50 ºC, algo brutal. Durante el tiempo que permanecí en Dubái se superaron tranquilamente los 40 ºC, con una naturalidad pasmosa, casi sin darte cuenta. Pero también con algo sorprendente, una humedad altísima. Dubái está en la costa, y la brutal radiación provoca una potente evaporación del agua del mar que genera una humedad superior al 95% en ciertos momentos del día, al amanecer fundamentalmente. Luego se reduce según transcurren las horas, pero no baja del 70%. Diferente es si te desplazas hacia el interior del emirato, hacia el desierto, donde no se alcanzan esas humedades, al contrario, serán  muy bajas.

En la costa, el único material sólido con el que pueden construir es la piedra que sacan de los arrecifes de coral. Como es lógico este material es muy poroso lo que le confiere una capacidad aislante que no tiene una piedra compacta. Los muros, que son muy gruesos,  realizados con este material ofrecen por ello un gran aislamiento térmico, con transmitancias térmicas por debajo de uno, pero también con una gran masa térmica.  

 Grueso muro  de piedra porosa de coral sin recubrimiento

Como la estructura urbana es la propia de las medinas, de casas arracimadas y separadas por estrechos callejones, el soleamiento sobre las fachadas es reducido. Naturalmente no hay huecos hacia el exterior, todos dan hacia el patio interior, y si hay alguno estará protegido por una celosía muy compacta. Con todo ello se minimiza el calor que podría pasar desde el exterior hacia los locales habitados, pero ya se sabe que algo atravesará los muros y que la actividad interior, que genera calor, provocará finalmente el sobrecalentamiento interior, es  decir más temperatura dentro que fuera, si no se remedia con la ventilación.

Por todo ello, los ocupantes de estas casas dormían con frecuencia en la terraza, ya que por la noche la temperatura puede llegar a bajar ocasionalmente de los 30 ºC. Por ese motivo el peto de las viviendas es bastante alto, en parte para dotar de intimidad, en parte por seguridad. Dadas las altas temperaturas es la única zona de la casa suficientemente fresca para dormir, ya que en el interior se acumula el calor del día.



Plataforma para dormir en el exterior en un barasti

Por ese motivo se incorporaron las torres de viento, como un dispositivo capaz de introducir en los dormitorios el aire de la noche y evitar que tuvieran que dormir fuera del edificio.

Las torres de viento, o barjeel, surgieron en Persia, formando parte de una tradición de estrategias bioclimáticas con cinco mil años de antigüedad. Sin embargo su presencia en este emirato es mucho más reciente. Un grupo de comerciantes persas se instalaron en el barrio Al-Bastakiya a finales del siglo XIX. Construyeron sus casas con la tradicional torre de viento persa, introduciéndola con facilidad en la cultura local y haciendo que formara parte natural del paisaje dubaití. De allí se extendieron a otras zonas del Golfo Pérsico.

Las viviendas donde se montan estas torres están condicionadas por los recursos locales. Sus habitaciones tienen una anchura limitada por la longitud de los troncos que se utilizan para hacer la cubierta plana, entre 3 y 4 m nada más. Son troncos de madera de manglar traída de la india, ya que en Dubái, por su clima, no abunda la madera dura.

La estructura interior es la típica de las viviendas islámicas, delimitando claramente lo público de lo familiar, con una zona semipública. Lo más privado es el patio, y también lo más cuidado, como puede ver al comparar el trabajo y decoración de sus fachadas interiores frente a las paredes exteriores, sobrias y sin ningún aditamento. Igual ocurre con las ventanas, ausentes casi por completo en la fachada exterior, por un tema de intimidad, pero también claramente por vocación bioclimática de protección solar.

En el patio, donde se realiza la vida familiar, cobra importancia la galería de la primera planta que conecta las diferentes habitaciones, llamada liwan o iwan; este espacio actúa de tránsito entre los dormitorios y el espacio abierto del patio, pero sobre todo sirve para sombrear los huecos, que ahora sí aparecen en esta fachada interior.  Hacia el patio da una columnata o una arcada, que sombrea la galería y lo convierte en un espacio semiabierto. Como tiene la anchura necesaria para asegurar ese sombreamiento, es suficientemente grande como para hacer vida en ella, sobre todo las mujeres; es como una logia. Es tan importante en el funcionamiento de los edificios, que hasta algunas mezquitas la utilizan como zona de rezo en verano.

  

Foto de un iwan muy sencillo, sin casi protección en el peto, y otro es esquina más cerrado

Pero el elemento bioclimático más llamativo es el ya mencionado barjeel, que literalmente quiere decir “captador de viento”. Aunque el modelo más sencillo es de una simple boca, como el malkaf que se puede ver en Egipto, los desarrollados en la región del Golfo son de múltiples bocas. La diferencia radica en que los sistemas de una boca sólo podrán captar el viento cuando sopla en la dirección del hueco, mientras que los que tienen múltiples bocas, mirando a todas las orientaciones captan el viento, sople por donde sople, y venga de donde venga.  Estructuralmente están divididas en cuatro zonas mediante dos muros verticales que van de esquina a esquina y se cruzan en el medio formando un aspa. El  viento entrará por los huecos verticales exteriores, chocará contra la pared del muro que se encuentre enfrente y penetrará por el canal correspondiente. Esos huecos exteriores están decorados con paneles de yeso en su borde superior, que se convierten en su seña de identidad. Ese panel de yeso ayuda a canalizar el aire hacia abajo y evita que salga  de nuevo hacia el exterior. El número de esos huecos verticales puede variar; lo normal es de dos a cuatro por cara, pero pueden ir de uno hasta seis.


Torre de viento de tres huecos verticales y una decoración de tréboles

A veces la gente tiende a confundirlos con chimeneas solares o térmicas, por las que sale el aire caliente del edificio. No, en este caso se trata de captar el viento exterior para aprovechar su movimiento como una estrategia para que el cuerpo pierda calor y se sienta reconfortado, y, al tiempo, se elimine el aire sobrecalentado del interior al generar sobrepresión dentro de la casa. Si no hay viento no funcionan, y si el aire es muy caliente el resultado no es muy efectivo. Eso no quiere decir que cuando no sopla nada de viento las torres de viento no puedan funcionar espontáneamente como chimeneas térmicas, aunque esa no sea su función.


Torre de viento de dos aberturas por cara

Al entrar a la torre, la velocidad del aire se incrementa ligeramente por efecto venturi al introducirse en alguno de los canales verticales, aunque no sean especialmente estrechos. Interiormente el canal no termina a ras de techo, sino que cuelga hasta una altura ligeramente superior a la altura media de una persona, para que el efecto del aire sea más directo.

Las torres de viento se construyen habitualmente con la piedra extraída de los arrecifes de coral, pero también con madera, y más singularmente, cuando se usa en construcciones nómadas, con tela. Cuando las paredes son de piedra o de tierra, al tener una gran masa, acumulan frescor durante su funcionamiento nocturno, lo que permite que el primer aire caliente de la mañana lo absorban las paredes. Son de planta cuadradas y tienen un altura sobre el nivel del suelo de 12 a 15 m en edificios de dos plantas, o de 8 a 11 m en construcciones de una planta; cuanto más altas sean más rápido es el viento que captarán y más confort proporcionarán a los ocupantes. Por ejemplo, el viento se mueve un 30% más rápido a 15 m de altura que a 5 m.

Los huecos verticales de las torres pueden cerrarse cuando sea necesario. Puede que lo sea cuando el aire viene muy cargado de polvo o arena, o en invierno, pero también cuando el aire está muy caliente, más caliente que el cuerpo, en cuyo caso no genera ninguna sensación de frescor, sino de más calor. Parte de ese problema lo resuelve la masa térmica de las torres y la presencia de agua en ellas.

El muro exterior de la torre es de carga, realizado con columnas de piedra del arrecife. La esbeltez de estas columnas y de las torres en su conjunto, las convierte en muy inestables, por lo que se refuerzan con una estructura de palos de madera. Estos palos, también de madera de manglar, sobresalen de la torre dándole una imagen muy característica.

Imagen de una torre con el refuerzo de palos sobresaliendo de las columnas

¿Pero sólo por eso? Hay varios motivos más, el primero es para que actúen de andamios que permitan el mantenimiento de la fachada, ya que la fachada tiene un recubrimiento de barro encalado que debe reponerse regularmente. El segundo motivo es que les sirve para colgar telas empapadas de agua de modo que cuando el viento tiende a introducirse por el canal vertical de la torre se enfría al evaporar agua y se limpia en parte del polvo del desierto.

Con ese complemento evaporativo se entiende mejor su funcionamiento. Si bien es cierto que están pensadas para usarlas durante las noches, cuando la gente duerme bajo ellas en lugar de tener que desplazarse a las terrazas, al enfriarse el aire por ese proceso evaporativo se pueden usar durante más horas del día.

A la entrada del canal de Dubái, realmente una ría, se encuentra el barrio de Shindagha, una estrecha franja de tierra con vistas al Golfo Pérsico. En los momentos de su formación, los barrios respondían a la actividad de sus ocupantes y no había grandes diferencias sociales entre los supuestos ricos y los auténticos pobres. Allí se mantienen varia casas con torres de viento, las casas de Saeed Bin Maktoum Al-Maktoum, con cuatro torres de viento, de Obaid y Jumaa Bin Thani Al-Maktoum, con una torre, de Hasher Bin Maktoum Al-Maktoum, con una torre, y de Moza Saeed Al-Maktoum, con una torre; todas de miembros de la familia Al-Maktoum, la del jeque gobernante en Dubái. Como se ve, las torres de viento eran elementos diferenciadores de calidad con el resto de la población, antes de disponer de aire acondicionado. El barrio de Shindagha se convirtió en una zona importante de Dubái al construirse en él mezquitas, edificios de la administración y educacionales.

Todas estas casas son de dos plantas, con la planta baja cerrada al exterior, como es tradicional, pero con huecos en la superior, más protegida de las vistas. Su terraza permite tener vistas al canal y al golfo, y las torres de viento, por encima de la terraza aprovechan las brisas de aire que circulan entre ambas masas de agua. No cabe duda de que por la ubicación del barrio el aprovechamiento del viento es máximo.

Tuve la oportunidad de entrar en la casa del jeque Saeed Al-Maktoum, hoy convertida en museo, para apreciar de primera mano su estructura, características y funcionamiento. Este jeque gobernó Dubái entre 1912 y 1958, y mandó construir la residencia en 1896, probablemente una de las primeras del barrio y el edificio más grande e importante, ya que en su momento no solamente fue la residencia del jeque, sino también el edificio de la administración.

Tiene varia alas independientes, una para cada hijo del jeque. Con ellas se forma el tradicional patio interior. Estos patio, y éste en particular, son en general más grandes que los de las casas de las medinas africanas.




Imágenes exteriores de la casa del jeque

  
Planta

 Torre de viento de la esquina NE, con dos huecos por cara

 Torres de viento del ala SO, con tres huecos por cara

La propia estructura del edificio es común en todas las sociedades islámicas.  Dubái se debate entre la ley islámica, la sharia, y un cierto intento de modernización social. No ocurre como en Arabia Saudí, aquí los visitantes occidentales pueden vestir y moverse como en cualquier otra parte del mundo; el turismo de lujo se está convirtiendo en el sustituto de un petróleo que se acaba. Sin embargo, la población local viste de una forma tradicional, ellos con su kandora blanco y su turbante, y ellas con su abaya negra. Los colores blancos y negro de sus ropas responden a esa origen pobre de sus gentes que no podían teñir las telas y las debían usar con sus colores crudos. Las mujeres cubren su cabeza en ocasiones sólo con un hiyab, que les cubre sólo el pelo, pero en otras con burkas que les tapa toda la cara.



Torres de viento de la casa del jeque Moza Bin Saeed Al-Maktoum, dando al golfo

En el barrio de Al-Bastakiya se conservan las casas de Mohammed Saleh Fikree, con una torre de viento, de Abdul Rahman Frouq, con dos torres, de Mir Abdul Wahid Mir Ali Amiri, con dos torres, de Mohammed Sherif Al-Olama, con dos torres, de Abdullah Mohammed Al-Bastaki, con una torre, de Abdul Qader Rasshidi, con una torre, y de Mir Abdullah Amir, con una torre, todas ellas casas de prósperos comerciantes.

A la izquierda se ve una torre con un solo hueco por cara. A la derecha se ve el contrasentido de una torre junto a un equipo de aire acondicionado.

El barrio de Al-Bastakiya, que se sitúa al sur del canal,  llegó a concentrar el mayor número de casas con torres de viento de todos los Emiratos Árabes Unidos. Sin embargo, hacia 1925, se produjo un desplazamiento de los comerciantes hacia el zoco lo que provocó la recesión en el barrio y el deterioro de sus construcciones. A mediados del siglo XX se empezaron a demoler muchas de las casas del barrio para sustituirlas por otras más modernas y confortables, pero en 1995 se logró comenzar con la rehabilitación y reconstrucción de estas estructuras históricas, patrimonio popular del emirato y de la humanidad.

La vivienda de Abdul Qader Rasshidi es hoy en día la sede de la Sociedad de Patrimonio Arquitectónico de los Emiratos Árabes Unidos. Buscar nuevos usos a estos edificios tiene, por un lado, la clara intención de mantenerlos vivos, pero por otro demuestra que no se pretende que sigan funcionando como viviendas, cuando la tecnología que aporta el petróleo supera las posibilidades de su funcionamiento. La mayoría de estas casas fueron abandonadas en la década de 1970, momento en el que empezaron a modernizarse las casas en Dubái.

Viendo estas casas y las modernas autopistas me entran ganas de decir que tradición y modernidad conviven, pero no es así. Hasta hace 40 años no tenían electricidad, pero con la explotación del petróleo y los nuevos recursos energéticos y económicos, dieron carpetazo a los elementos tradicionales cargados de posibilidades bioclimáticas, tan necesarias hoy en día. Todo se ha sustituido por una comodidad y confort occidentales basada en el consumo. Sólo se ha mantenido la estructura familiar cerrada.


 
Falsos barjeel. Se aprecia por su transparencia, ya que no llevan el doble muro en aspa del interior

A pesar de ser de uso relativamente reciente, no llegan a los 150 años, los captadores de viento forman el perfil de la ciudad, hasta el punto de introducirlos como falsos barjeel en construcciones actuales. Desde el canal, si se mira hacia el barrio de Al-Ras, se puede ver el “skyline” de la ciudad, con las torres históricas y las falsas.



Cruzando el canal de Dubái

El barrio de Al-Ras se creó en el siglo XIX cuando la población se trasladó desde Bur a causa de la propagación de enfermedades contagiosas. Es un barrio muy activo, sobre todo en el área de Deira, donde se juntan emigrantes con familiares de los jeques, zocos tradicionales y mezquitas, que mezclan el perfil de sus minaretes con el de las torres de viento. Al estar situado sobre el brazo de tierra que se forma con el gran meandro del canal, su perfil se manifiesta claramente al navegar por el agua.

Como se trata de un barrio que recibió mucha inmigración, la decoración de las casas muestra detalles más propios de otras regiones del Golfo que del propio Dubái.


Torres de viento del barrio de Al-Ras, vistas desde el canal.

En este barrio las casas de interés con torres de viento son las de Sayed Ibrahim Sayed Abdullah y  de Matar Bin Mosbeh Al-HayRas, ambas con una torre nada más.

La casa de Sayed Ibrahim Sayed Abdullah es la más antigua, de finales del siglo XIX. Como en la mayor parte de estas construcciones, ésta es un ejemplo de una edificación que fue creciendo con el paso de los años, no sólo por las necesidades de la familia, sino por el cambio de estatus social de su propietario, que pasó de ser un humilde comerciante, que disponía de poco menos que unas chozas en torno a un patio, a un rico mercader de perlas que le llevo a construir una gran mansión. El paso siguiente fue su abandono en manos del petróleo. Actualmente es también un museo.

Si se hace un estudio tipológico de las construcciones tradicionales de Dubái se puede apreciar que no se puede hablar de una sola tipología, sino de que hay una gran variedad de modelos. Es cierto que conservar elementos comunes fundamentales, como los barjeel, las torres de viento, pero varían en el número, de una a cuatro, y el número de aberturas en las caras, de una a seis.


  Foto de torres de una boca, dos y tres huecos verticales por cara

Todas tienen un patio interior, pero cambia el tamaño, de muy pequeño a muy grande, la proporción con la parte construida y su ubicación con relación a ella, a veces completamente interior en otras abierto a la calle por varios lados. También cambia su forma de ser perfectamente cuadrada a absolutamente irregular. En el número de plantas hay poca variedad pues van de una a dos nada más.

El iwan es común en todas, como zona de estancia de mujeres o para dormir en verano, pero cambia de ubicación y forma de protegerlo de la radiación solar, casi siempre con un elemento decorativo diferenciador, columnatas o arcadas. Cambia también el número de estas galerías; puede ser sólo una a ser hasta cinco independientes.

Incluso en los huecos hacia el exterior hay cambios, ya que aunque casi nunca aparecen, algunas tienen ventanas en la planta alta para poder tener vistas. Sin embargo todas tienen terraza plana con un alto peto para poder dormir allí en verano.

El motivo de estas diferencias se debe encontrar en que son casas urbanas, condicionadas por la estructura del barrio y el tamaño del terreno, y porque son casas de adición, construidas poco a poco según cambiaban necesidades y posibilidades económicas.

Algunas de estas torres de viento se han aplicado en construcciones nómadas o ligeras. Aunque la inercia térmica de la torre ayuda a mantener más tiempo el frescor del aire entrante, no parece imprescindible. Pude ver torres de viento hechas de tela, colocadas sobre construcciones de hoja de palma, y torres también de la propia hoja de palma en los barasti. Aunque ha quedado claro que los barjeels no son originarios de Dubái y llegaron relativamente tarde, en estos ejemplos con palma y tela pude ver como los adaptaron rápidamente a alguno de sus hábitos constructivos para cubrir también sus necesidades básicas, como su desmontaje llegado el invierno, dada la ligereza de sus materiales y la sencillez del montaje.

Las torres de viento textiles se pueden desmontar con facilidad y transportase si sus propietarios lo precisan. Al ser de tela se pueden humedecer directamente para reducir la temperatura del aire en un par de grados cuando baje. Al ser estructuras sencillas, el barjeel se coloca directamente sobre el espacio principal de la tienda o la choza.

 Éste es un barjeel de tela sobre una cabaña de hoja de palma


Desde el interior se puede ver como también está dividido en cuatro por un aspa de tela

  

Como en los barjeel macizos, su arranque baja para acercarlo lo más posible a la zona ocupada de la habitación. En su base llegue a medir 1 m/s de velocidad del aire

La falta de recursos agudiza la imaginación y permite aprovechar los recursos con sistemas creativos y originales, como las torres de viento. El dinero y la abundancia de energía lleva a mega construcciones, como la torre Khalifa, que se deben acondicionar con recursos convencionales que acabarán por agotarse, incluso allí. Pero no solo la energía, sino también el dinero. Hace poco leía en el periódico que un gigantesco hotel/casino en Atlanta, Las Vegas de la costa este, una mega obra  apoyado por el alcalde, tenía que cerrar porque no podían hacer frente al mantenimiento.

Que pena que entre la situación endeble, por la precariedad de la calidad de vida, del principio, y la insostenible de la actualidad, no hayan tenido tiempo para crear nuevas estructuras y dispositivos sostenibles más eficientes. Creo que habrían sido capaces de ello.

lunes, 9 de junio de 2014

EL PAISAJE CULTURAL CAFETERO

A diferencia del clima de Bogotá, donde en el mismo día puede haber 25 grados por la mañana y cero por la noche, el clima de Pereira, una mediana ciudad colombiana, es benigno. Las temperaturas máximas oscilan todos los días del año entre 20 y 28 ºC de máxima y 16 y 18 ºC de mínima. La lluvia, frecuente, suele aumentar la sensación de calor provocando bochorno, pero en general es un clima agradable aunque monótono. Los que estamos acostumbrados a las estaciones térmicas encontramos aburridos esos días que pasan sin mostrar diferencias. Al menos a mí me ocurre. Sin embargo, este clima es el perfecto para el cultivo del café, como pude comprobar viajando por la región.

Siempre que viajo, en cuanto entro en contacto con la gente local, suelo pedir que me recomienden lugares y actividades. En estos países americanos caracterizados por la inseguridad, tienen una cierta obsesión con los centros comerciales. Inmediatamente te invitan a visitarlos y a comer allí. Reconozco que pueden ser los sitios más seguros para moverse, pero lo último que pretendo hacer cuando viajo es acabar en un centro comercial viendo las mismas tiendas que en cualquier otra parte del mundo. Eso tiene la globalización.

Aunque sólo tuve que ir una vez a un centro comercial a comer, y no fui por mi pie ni por mi gusto, comí muy bien es mi estancia en Pereira, siempre comida local. El hotel, que no reunía grandes cualidades hoteleras, con el ascensor averiado y con unas instalaciones anticuadas, sin embargo tenía una cocina magnífica atendida con una sincera amabilidad por sus empleados. Son platos contundentes y sencillos, pero muy sabrosos. Me fui con el grato recuerdo de la olla criolla, con fríjoles y chorizo, y acompañado con torreznos de cerdo, morcilla, aguacate y arepas.


  La plaza Bolívar, con la única escultura de Simón Bolívar desnuda que hay en el mundo, y con la catedral en un fondo, en la ciudad de Pereira

Pereira no es una ciudad bonita. No quiero decir fea para no herir la susceptibilidad de la gente que conozco, y que seguro que aman su ciudad y son capaces de encontrar en ella los encantos del sitio donde han vivido. A mí me resulta más difícil encontrar esos encantos que sin duda tiene la población. No he visto gente más amable y servicial que allí, por lo menos a los que yo traté. Lo cierto es que cuando comparo a esa gente conmigo, que suelo ser bastante seco, siento que puedo dar impresión de antipático.

Una calle del centro de la ciudad de Pereira donde aún se conservan algunas de las construcciones tradicionales originales

Los camareros del hotel se desvelan por servirte, preocupándose por cómo has pasado la noche, sobrellevado el jet lag, o cómo te ha sentado la comida. La verdad es que el hotel no era muy bueno, pero hacían que no me importara.

No suelo ser muy exigente con los hoteles, me basta con que sean funcionales y limpios, pero en éste el ruido de la plaza principal, a la que daba mi habitación, penetraba inmisericorde a través de unas malas ventanas que no cerraban correctamente. Afortunadamente los tapones para los oídos que siempre llevo me permitieron conciliar el sueño razonablemente. Tampoco funcionaba el ascensor, que aparentemente iban a sustituir por otro mejor. Había que usar el montacargas de la cocina atravesando todas las zonas de servicio, que resultaba incomodísimo ya que tenía que compartirlo con todos los clientes de un hotel relativamente grande. Como había decidido trabajar en la cafetería  que tenían en la última planta, la undécima, donde se podía estar al aire libre disfrutando de las vistas, no tenía más remedio que usar regularmente ese ascensor, aunque siempre que pude usé las escaleras.

“Los taxis en Pereira son más de fiar”, fue de lo primero que me dijeron al llegar. Se referían a que en otras zonas de Colombia no lo son tanto, concretamente en Bogotá. En Bogotá se estila el “paseo millonario”. Un taxi aparentemente legal te recoge. Al cabo de un rato se suben dos personas, una por cada lado y te secuestran. Por supuesto te roban pero también te llevan a un cajero donde te obligan a sacar el dinero de tus tarjetas. En algún caso se dio el asesinato de las víctimas, concretamente de una pareja de norteamericanos. Han desarrollado una aplicación para móviles en la que puedes introducir el número de la licencia del taxi y te informa si la licencia existe o es falsa. En cualquier caso no parece muy apetecible viajar en taxi. En Pereira parece que no había tanto problema, pero no me llegó a quedar claro. 

Toda Pereira está rodeada de cafetales, es el Eje cafetero, también llamado Triángulo del Café. Está comprendido por los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, cuyas capitales son Manizales, Pereira y Armenia. También comprende la región noroeste del Departamento de Valle del Cauca, toda la región del suroeste de Antioquia y el noreste del Tolima.



Dos casas cafeteras, ambas con sus galerías frontales, pero una con cubierta de teja y otra con cubierta de chapa

Los cafetales se distribuyen por un paisaje ondulado, en ocasiones abrupto, ocupando todo el espacio que no ocupan los guaduales. La distribución de las matas del café por las colinas me recordaba la imagen de los campos andaluces repletos de olivos, e igualmente alineados. Resulta curioso cómo en ambos casos ese cultivo tan regular muestra perfectamente el artificio de la mano del hombre, del agricultor, pero en ambos casos se percibe como pura naturaleza, sin sentirlo como algo ajeno al campo. En ocasiones como ésta, el hombre interviene en la naturaleza en perfecta simbiosis.


Cafetales, con sus matas perfectamente alineadas

 Los pequeños pueblos que surgen entre los cafetales, como Marsella, Santa Rosa, Apia o Belén, me hacían imaginar que entraba en Macondo y que iba a sentir inmediatamente la realidad mágica de la localidad.

Los cafetales se dividen en pequeños minifundios, los más abundantes, pero también en grandes fincas, que funcionan como pequeños feudos. Dentro de estas fincas aparece una tipología constructiva interesante, sobre todo por sus sistemas constructivos y el uso sostenible de los materiales.

 Cafetales estructurados en pequeñas parcelas

También dentro de las fincas están los “beneficios cafeteros”, que son instalaciones donde se trabaja el café recién recogido, donde se desprende la capa exterior del café y se lava. Las grandes fincas tienen los suyos propios y las pequeñas usan “beneficios”  comunales.




  Las casas cafeteras están situadas en las plataformas que va dejando el abrupto terreno. En muchos casos es necesario trabajarlos para crear una plataforma suficientemente grande

 Dado lo abrupto e irregular del terreno no hay mucho sitio para colocar las construcciones. Las casas de las fincas se sitúan en las cornisas planas que deja el terreno, colgando sobre los cafetales. Por eso suelen ser longitudinales de un cuerpo, en I, como las califican aquí. Si el terreno es plano y suficientemente amplio, pueden llegar a ser en L, en C o en U. 



Una casa con estructura en L


La pequeña galería con su gran voladizo, orientada generalmente a sur

Suelen tener una galería al frente, más con la idea de corredor para acceder a las habitaciones que como porche. Sin embargo, aunque a veces no supera el metro y medio de ancho lo usan como comedor, poniendo allí la mesa. Ya en Madrid, revisando en fotos aéreas la orientación de las casas, dado que allí habría sido imposible acercarme a muchas de las construcciones, repartidas por las fincas, pude comprobar que mayoritariamente la galería se orientaba a sur.  El sol en esta parte del mundo cerca del Ecuador, entre 4 y 4,5º de latitud norte, sube casi verticalmente, por lo que cualquier pequeño voladizo protege las fachadas norte y sur de la incidencia directa de los rayos solares. Las fachadas que más radiación reciben, junto con la cubierta, son la este y la oeste. Por eso las casas son alargadas y con un eje orientado  en muchos casos norte-sur.



Una casa cafetera en una pequeña meseta en medio de sus cafetales



Cuando las casas están en grandes latifundios suelen ser más grandes, en consonancia a su potencial económico. Algunas tienen dos plantas

Los muros de esas casas son de bahareque, un sistema constructivo típico de esta zona de América que ya había visto en Venezuela, pero que dada su sencillez se usa en otros muchos lugares, incluido EE.UU., donde se aplica la misma idea a las construcciones de madera de sus viviendas unifamiliares. En Colombia se trata de un sistema constructivo  precolombino. Consiste en una estructura de entramado de palos horizontales y verticales, con alguna diagonal para el arriostramiento. Los elementos verticales, separados entre 80 y 100 cm, son los estructurales. Los elementos horizontales son ligeros y forman un envarillado con separaciones entre 10 y 15 cm. En Colombia, para la estructura vertical se usan el chusque (Chusquea scandes), la cañabrava (Gyneryum sagittatum), y en concreto en esta región, la guadua (Bambusa guadua). La guadua es un género de plantas de la de la familia de las poáceas, subfamilia del bambú,  de desarrollo muy rápido, que en uno o dos años ya cobra una altura considerable y que en 4 o 5 años ha madurado por completo. A los 10 años empieza a descomponerse, por lo que es recomendable que se corte y se limpie el guadual para dejar que crezcan nuevos brotes.



Maqueta de un muro de bahareque, donde se ven dos puntales de guadua, un envarillado de madera atadas con bejucos y rellena con tierra

Hay estructuras mixtas, en la que la vertical es de guadua y el envarillado de tabillas de madera. Esa estructura de guadua se ata con bejucos, que es un término genérico aplicado a plantas de tallo largo que pueden utilizarse como cuerdas. Con esa estructura de unos 20 cm de grosor forman lo que llaman la membrana. Esta membrana se fue mejorando incorporando elementos que la rigidizarían mejor, zapatas de guadua colocadas en los bordes superior e inferior.  Posteriormente debe recubrirse o rellenarse. Hay formas diferentes de hacerlo. La primera diferenciación está entre los bahareques huecos y los rellenos. Los segundos se rellenan de tierra, lo que aporta inercia térmica al conjunto, por lo que es más adecuado en climas donde hace falta estabilidad térmica. Sin embargo los huecos aportan mayor aislamiento y transpiración. En cuanto al recubrimiento, si están rellenos de tierra se realiza directamente sobre la membrana. Se usa un mortero de tierra mezclado con boñiga de caballo. El caballo hace una digestión más rápida y peor que la de la vaca por lo que sus excrementos tienen más fibra, y eso es beneficioso para evitar las figuraciones del mortero.  Si era necesario le añadían más fibra vegetal a la mezcla antes de usarla.






Bosques de guadua

En los otros casos se coloca sobre la membrana una esterilla trenzada de guadua sobre la que se da el mortero. También se puede dejar vista, si se quiere dejar que ventile en muro. Otros modelos llevan un recubrimiento de tablas de madera, lo que se considera de mayor nivel social ya que hay que recurrir a la serrería. Esta solución de tablas en general no parece que aporte nada especial ni bioclimática ni constructivamente. Sin embargo, cuando se encuentran en edificios situados en pisos climáticos altos, por encima de los 1800 m, donde el clima es frío, tienen sentido, ya que aquí la madera aporta una menor conductividad térmica y por tanto un mayor aislamiento. Vi incluso muros de bahareque dobles, aunque no sé si era para incrementar el aislamiento o para dar la impresión de que eran muros de tapia de tierra. Hay algunos ejemplos incluso con recubrimientos de chapa, pero son algo excepcional.

Cuando las estructuras están muy abiertas o incluso cuando el recubrimiento se fisura o agrieta, en su interior pueden esconderse chinches triatominas, también conocidas  en Colombia como “pitos”. Algunas de esas chinches son portadoras del virus de la Tripanosomiasis americana o Mal de Chagas. Se trata de una enfermedad parasitaria producida por el flagelado Trypanosoma cruzi. Es endémica del centro y sur de América y afecta al hombre y a otros muchos mamíferos, tanto domésticos como silvestres. Se considera que actualmente hay entre 8 y 10 millones de infectados en el mundo, de los que fallecen anualmente unos 12 000. Parece que afecta especialmente a niños menores de 10 años.

El parásito se transmite cuando una chinche infectada succiona sangre de un hospedador. Casi simultáneamente la chinche suele defecar, por lo que los parásitos que habitan en su intestino caen sobre la piel. El picor producido por la picadura hace que el hospedador se rasque, extendiendo las heces y facilitando que entren en contacto con la herida y que por ella penetren los parásitos. Las especies de chinches más peligrosas son aquellas que están en el interior de las viviendas, a las que pueden acceder desde las grietas de las paredes.

Los recubrimientos finales de muchos de estos muros de bahareque se pintan con una lechada de cal, que cumple una función higienizante que puede eliminar la presencia de este parásito.

Las viviendas más antiguas de bahareque se levantaban desde el suelo, hincando directamente en la tierra los palos de guadua, y dejando la tierra batida como pavimento. Se las llamaba “vivienda de vara en tierra”. Con el paso del tiempo se fue mejorando la técnica y la habitabilidad interior. Para ello, intentando evitar la humedad que pudiera penetrar desde el terreno húmedo de una zona lluviosa, se hizo que el bahareque arrancara de una base de piedra, guadua o madera, sobre la que apoyaba la zapata que remata la membrana en la parte de abajo.

Como he comentado, esta solución constructiva no es exclusiva de esta región sino de otras muchas, en Colombia y fuera de Colombia. En la propia Colombia se puede ver en las construcciones populares de los indios kogui, que habitan la Sierra Nevada de Santa Marca. En este caso son muros curvos  de bahareque bajo sus cubiertas cónicas de palma.




El estricto damero que forman las ciudades del Eje cafetero hace que se creen calles con pendientes elevadísimas. No tienen nada que envidiar a la calle Lombard de San Francisco.

Pero este sistema constructivo no está sólo en la arquitectura de estas aldeas y pueblos sino también en la de las ciudades. Allí se usaba de forma habitual hasta que se empezó a considerar propia de construcciones humildes y se sustituyó por otras soluciones menos eficientes y adecuadas. Las casas construidas con muros de bahareque se reconocen por un enorme alero que se usa para que la lluvia no moje la pared, ya que su recubrimiento es de barro. Esto ha dado una imagen muy singular a estos pueblos y ciudades, aunque con el paso tiempo va resultando difícil ver alguna original. Esos grandes aleros me recordaban a los que también tiene La Alhambra de Granada, también para un uso similar, en ese caso para proteger de la lluvia la yesería de las fachadas.

La estructura de estas ciudades del bahareque es la de una trama perfectamente regular, formando un damero independientemente de que la orografía del terreno sea plano o con grandes alteraciones, lo que obliga a una adaptación brutal de las edificaciones y a un escalonado de las cornisas, que en las calles planas forma una línea perfectamente continua. Estas viviendas urbanas del bahareque incorporan el patio colonial español, sobre todo en ciudades de climas calurosos, donde los patios son más efectivos.




El gran patio de un antiguo convento convertido en la Casa de la Cultura de la ciudad de Marsella










Imágenes de los grandes voladizos que protegen los muros de bahareque recubiertos con morteros de tierra

La riqueza de esta zona hizo que su gente empezara a viajar a EE.UU. y Europa, donde vieron nuevos modos decorativos, que fueron incorporando a la sencillez original de sus fachadas, que eran lisas, sin casi ningún elemento decorativo.




En estas casas se ven como fueron incorporando elementos decorativos inspirados en los viajes por el extranjero de sus propietarios

El resultado es un muro que ha funcionado siempre muy bien, empleando recursos locales inmediatos, sostenibles, y capaces de reintegrarse en la naturaleza. En un clima como el del Eje cafetero, donde las condiciones son muy buenas, no era necesaria una estructura más compleja, lo sencillo siempre es mejor que lo complejo. Los diferentes pisos climáticos en los que se encuentran estas casas y ciudades, justifican que tengan pequeñas variaciones, con más o menos inercia térmica, con más o menos aislamiento, que adapta los muros con facilidad.

El día de mi regreso una profesora de la Universidad insistió en llevarme, algo que agradecí dada la poca fiabilidad de los taxis. Yo suelo desplazarme con tiempo, no me gusta verme apurado y prefiero esperar en aeropuerto y estaciones a hacerlo en mi casa o en el hotel. Sin embargo hay gente que prefiere apurar pensando que en quince minutos se llega, que ese día no va a haber tráfico, que esta ciudad es pequeña, que el aeropuerto está cerca, o que los tramites van a ser rápidos. Esto apura innecesariamente la salida. Aunque le había pedido que saliéramos media hora antes, por lo que decía mi tarjeta de embarque, ella lo redujo a quince minutos diciendo que no era necesario más. Pero siempre pueden pasar cosas, y en este caso lo que pasó es que en la plaza del hotel ese domingo se celebraba una especie de parada militar con soldados en ropa de deporte corriendo al son de los cantares típicos de las milicias americanas. Trajo consigo que las calles de cortaran y que no fuera posible acceder al hotel. Le advertí del problema inmediatamente pero no pudo llegar, tuvo que dejar el coche aparcado a gran distancia y yo me vi corriendo con mi maleta para alcanzar su coche rodeado de los militares del desfile. Luego fue un correr por el aeropuerto y facturar cuatro minutos antes de que cerraran el vuelo. No merece la pena apurar los tiempos, habría perdido mi vuelo a Bogotá y mi enlace desde allí hasta  Madrid.

A la salida del país me encontré con un curioso impuesto que te cobran si has permanecido más de una semana. En el caso de estancias breves debes pasar por las oficinas de Aviación Civil para obtener un documento de exoneración. Resultan sorprendentes las formas de obtener dinero que se inventan los países.